Falangitos de La Mancha

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En un lugar de Catalunya, de cuyo nombre no quiero olvidarme, no ha mucho tiempo que vivían unos hidalgos de los de iPhone con Instagram, pulsera española, corbata cara y fotos en Telva. Un programa electoral de algo más ficción que realidad, tertulia las más noches, duelos y cazas de lazos los sábados, fotos con fachas los viernes, algún Vargas Llosa de añadidura los domingos, consumían las tres cuartas partes de su tiempo mediático. El resto della concluían performances en el Parlament, jersey sobre los hombros para las fiestas, con sus Rayban de lo mesmo, y los días de entresemana se honraban con su cenita en restaurante pijo de lo más fino. Tenían en sus casas una foto de Rivera, y un autógrafo de Aznar, y unas acciones del IBEX35, que así les daban unos cuartos, tanto como peloteaban a Felipe Uve Palito. Frisaban la edad de nuestros hidalgos con los cuarenta años; eran de complexión de gimnasio DIR, secos de carnes, enjutos de rostro, grandes abanderados de Ñ y amigos de la fiscalía. Quieren decir que tenían el sobrenombre de Falangitos, o Tabarnianos, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaban Ciudadanos. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber que estos sobredichos hidalgos, los ratos que estaban ociosos, que eran los más del año, quitaban lazos amarillos, con tanta afición y gusto, que olvidaron casi de todo punto el ejercicio de la política, y aun la administración de su partido. Y llegaron a tanto su curiosidad y desatino en esto, que se pasearon por Amazon para comprar libros de El Quijote en que leer, y así, llevaron al Parlament todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos les parecían tan bien como los que editó la RAE, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas les parecían de perlas, y más cuando llegaban a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leían: …los altos cielos que del Valle de los Caídos con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedores de la oposición que merecen vuestra pobreza en argumentos.

Con estas razones perdieron los pobres caballeros el juicio, y desvelábasen por entender El Quijote y desentrañarle el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaban muy bien con las heridas que la consellera Laura Borrás les daba, porque se imaginaban que, por mucho que fuese experta en Cervantes, sus votantes sólo verían 36 portadas iguales y sus sonrisas de “chúpate esa”. Pero, con todo, alababan en su autor aquel acabar su libro con la promesa de que quizás lo comprendieran, y muchas veces les vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguno quizás lo hiciera, y aun saliera con ello en Twitter o en el programa de Ana Rosa, si otros mayores y continuos pensamientos, como los del Mundial, no se lo estorbaran. Tuvieron muchas veces competencia con Albiol -que era hombre tosco, graduado en nada-, sobre cuál había sido mejor caballero: José Antonio o Francisco Franco; o Miquel Iceta, sociata de florero, decían que ninguno llegaba a Albert Rivera, y que si alguno se le podía comparar, era Inés Arrimadas, andaluza de Jerez y catalana por elección, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballera melindrosa, aunque un poco histérica, y que en lo de la demagogia no le iba en zaga.

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