Carta a Manuel Valls

valls

Estimado, o no, Manuel:

Estoy muy contento de que estés aprovechando tu Erasmus en Barcelona. Nuestra preciosa ciudad siempre ha sido acogedora con aquellos jóvenes que quieren beber de su cultura (bueno… no sé si el verbo beber es el más apropiado cuando se habla de un Erasmus o de una cena en la entrega de premios literarios). En todo caso, es un honor que hayas dejado tu exitosa carrera política en Francia para venir a Barcelona y decirnos cómo tenemos que hacer las cosas los catalanes. Te sumas así a una moda que está recorriendo las Españas con más fuerza que la canción del tractor amarillo.

Me dirijo a ti para reflexionar sobre algo que me preocupa mucho: la pérdida gradual de la libertad de expresión en favor de una oleada de ofendiditos que hablan en eco exigiendo a los demás una corrección de la que ellos carecen.

Dice el diccionario de la RAE que libertad es la “facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”. Supongo que cuando le quiten la caspa a esta sacrosanta institución que limpia, fija y da esplendor, y en la que es más difícil encontrar académicas que en la lista de novias de Torrente, se añadirá también la palabra mujer. Pero habrá que esperar a que desparezca la nube de caspa que inunda tantos espacios. La libertad de expresión es, por lo tanto, un principio que apoya la libertad de un individuo o de toda una comunidad para expresar opiniones e ideas sin temor a represalias, censura o sanción. La libertad de expresión es sumamente importante en una democracia. En primer lugar, porque debe igualarnos a todos. Es decir, no hay personas que tienen más libertad de expresión que otras. No es un privilegio al alcance de unos cuantos elegidos porque entonces no estamos hablando de democracia sino de otra cosa. En segundo lugar, la libertad de expresión es imprescindible en una sociedad que se quiera llamar así mismo tolerante. Y de la tolerancia nacen los espacios de creatividad que han hecho avanzar al mundo. Ningún rapero, ningún músico, ningún escritor, ningún pintor, ningún escultor, ningún dramaturgo, nadie, absolutamente nadie, debe verse coartado cuando intenta explicar cuál es su visión, su punto de vista único, personal y libre sobre cualquier asunto. Nadie debería sentirse coartado al escribir una canción, una novela o un tuit. ¿Hay excepciones? Por supuesto: la calumnia y las injurias. Te pondré unos ejemplos.

Imagínate que un día me dices: Àlex, eres guapísimo, apuesto, alto y joven. Aún sabiendo que no se corresponde con la realidad o, incluso, aún adivinando que lo dices con ironía, no me molestará (y si me molesta, me aguanto). Decir que soy guapísimo, apuesto, alto y joven no es verdad, pero quizás tampoco es mentira porque es algo subjetivo (además, no sabes lo que mejoro en la oscuridad). Se trata de una opinión, de un juicio de valor. Incluso, si me dices: Àlex, eres mala persona, no te denunciaré por calumnias o injurias. Es una opinión, es tu punto de vista, espero que basado en datos objetivos pero, aunque no fuese así, yo no tendría el más mínimo derecho a pedirte una rectificación. De eso trata la libertad de expresión: de realizar afirmaciones que quizás no gusten a todo el mundo. Lo dijo George Orwell hace muchos años.

Pongamos otro ejemplo. Imagínate que dices: Àlex, ayer te vi atracando un banco. Eso ya es otra cosa. No es una opinión. Es una calumnia. Es mentira. Según el Código Penal, “es calumnia la imputación de un delito hecha con conocimiento de su falsedad o temerario desprecio hacia la verdad”. Yo no he atracado ningún banco. No he delinquido. Por lo tanto, tu afirmación sería un delito de calumnias. El delito de injurias, por su parte, es definido como “la acción o expresión que lesiona la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación. Solamente serán constitutivas de delito las injurias que, por su naturaleza, efectos y circunstancias, sean tenidas en el concepto público por graves”. No soy abogado pero si afirmas que he atracado un banco, sin haberlo hecho, es muy probable que entres en este concepto.

En resumen, puedes decir que mi blog es una mierda, que soy un escritor pésimo, que lo que escribo te parece basura, que canto mal, que bailo peor, que mis tuits te resultan ofensivos, que no tengo razón en nada, que soy más feo que los Austrias o, incluso, me puedes insultar (yo prefiero que la gente canalice su ira a través del insulto que de la violencia física). De acuerdo. Es tu libertad de expresión y como con el resto de libertades, cada uno sabe cómo emplearlas. ¿Qué puedo hacer yo si me ofende lo que me dices? Bloquearte en Twitter, no ir de vacaciones contigo, no aceptar ninguna invitación para cenar contigo, no hablarte o poner los mismos morros que la mandíbula de Felipe IV. Pero no tengo ningún derecho a censurarte los espacios de TU libertad de expresión. Puedes seguir escribiendo, pasearte por todas las tertulias, hablar en todos los medios o bailar zumba vestido de folclórica. Y yo seguiré siendo libre de escuchar o no lo que digas (bueno, si bailas zumba vestido de folclórica recibirás mi interés aunque me caigas mal).

Por todo esto, Manuel, me parece realmente incoherente que dividas el cerebro en dos para apoyar la libertad de expresión de Charlie Hebdo y, al mismo tiempo, sueltes un “prou” como punto final a la opinión del escritor Marc Artigau. ¿Qué cambia entre la libertad de los dibujantes de una revista satírica y el discurso de un escritor? La única variable que soy capaz de ver es que no te gusta el discurso del segundo. En ese caso, te puedes ir discretamente de la cena, puedes bloquear en Twitter al escritor, prometerte a ti mismo que no leerás ni uno solo de sus libros o jurarte que no le darás la mano, aunque te acerque un cubata, pero montar una escenita de histeria es algo que los que amamos Barcelona no le permitiríamos a un alcalde. Tu as compris? Liberté, Egalité, Fraternité… et un peu d’humour. Barcelona es y será una ciudad comprometida con la libertad. 

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