Pulitzer con botijo

letizia

Estimado, o no, El Español:

Estoy anonadado, sorprendido, a la par que indignado y acongojado. Mi estado emocional ahora mismo es el de cualquier personaje de Woody Allen, mezclado con barbitúricos y un poco de Álvaro de Marichalar en un acto de la ANC. ¡Qué desazón! ¡Qué rabia! ¡La reina Letizia, acuciada por la cuesta de enero, ha tenido que repetir vestido! No sé qué decir. Llevamos pocos días de enero pero creo que es la noticia del año. ¿Qué digo del año? ¡De la década! La exclusiva de que la reina haya tenido que repetir vestido merece el premio Pulitzer, el Premio Maria Moors Cabot, el del Club de Prensa de Houston y un vale descuento para el Burger King. No se veía nada parecido desde que Bob Woodward y Carl Berstein destaparon la historia del Watergate. Os felicito.

De todas maneras, esto merece un seguimiento exhaustivo. ¿Repite ropa interior la reina? Ya sé que se trata de un ámbito peligroso teniendo en cuenta cómo está la libertad ahora mismo en España, pero comprobar que la reina repite un vestido es relativamente fácil. Eso sí, no pretendo desvirtuar el periodismo que hacéis, ya que sin duda el scoop logrado es impactante. Por esta razón, creo que deberíais ampliar vuestra investigación. ¿Come la reina huevo frito dos veces en una semana? ¿Lo moja con pan? ¿Se deja el despertador diez minutitos más? ¿Se despierta con la alarma o con la radio? ¿Ronca? ¿Café con leche o té? ¿La tortilla de patatas, con cebolla o sin? ¿Hace zapping o eso ya lo hizo su marido cuando la conoció? Son preguntas que los buenos patriotas seguramente se hacen. Y es que creo que pocas personas saben qué piensa realmente o cuáles son sus aficiones.

Más que humanizar, la propaganda monárquica ha pretendido a lo largo de los siglos que veamos a los reyes como una especie de entes superiores. No es un invento actual. Esto se lleva practicando desde que los faraones obligaban a los esclavos a construir grandes pirámides que, al fin y al cabo, sólo son sepulturas. Con un agujero bajo tierra a dos metros, ya era suficiente. Sin embargo, el poder siempre se ha empeñado en alejarse del mundanal ruido para parecer inalcanzable. Estos últimos meses solamente hemos visto hacer dos cosas a los reyes que les hacían parecer humanos: el rey conduciendo el coche familiar y compartiendo una sopa demasiado caliente para el gusto de la infanta. Al parecer, con ambas disfrutaron los súbditos abnegados para gozo de las revistas del corazón y el tertulianismo hispano.

Pero los humanos hacemos más cosas. Por ejemplo, a mí me gustaría ver a un poderoso pelearse con un carrito de supermercado lleno, cuando por más esfuerzos que haces se te va hacia la derecha, hasta que acabas chocando con las conservas de verduras. Me encantaría ver a algún miembro de la familia real pelearse con la pantalla táctil de la máquina del metro después de que algún cerdo la haya dejado pringada de la mostaza de su frankfurt. O, por qué no, sería maravilloso ver una escena familiar en la que los/as hijos/as de un monarca de cualquier país del mundo se dan de hostias por el mando de la Play, mientras los padres pulsan frenéticamente las teclas de la calculadora para saber cuándo podrán amortizar la hipoteca.

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