Personas que no mejoran el mundo. Capítulo 1: Albert Rivera.

rivera

Estimado, o no:

Alfred Hitchcock era un director genial pero también un auténtico cabroncete. Además de ser todo un misógino y de caracterizarse por tener más fantasías sexuales que si Disney se dedicase al porno animado (valga la redundancia), cultivaba el arte de hacer lo que le salía de “la soga”. En una ocasión apostó con un operador a que no era capaz de pasarse la noche atado a la cámara. Después de acabar el rodaje y antes de que se quedase solo en el plató, el director británico le invitó a su mejor brandy. Eso sí, se las ingenió para encontrar laxante y derrochó generosidad al echarlo en la bebida. Tenía además una costumbre que cultivaba con cierta elegancia: le gustaba comer bien y beber mejor. Sin embargo, los rodajes por la tarde eran un suplicio ya que se quedaba dormido a media toma. Una vez concluida la acción, el equipo se giraba esperando a que dijera “corten” pero se lo encontraban profundamente dormido. Y hablando de dormir, Hitchcock adquirió un hábito para las cenas de Hollywood a las que era invitado: hacerse el dormido cuando le sentaban al lado de alguien que no soportaba. Veo que algo parecido hacías tú. La diferencia es que quien salía perjudicada era tu hija.

Soy padre desde hace doce años. No es ningún mérito. Los padres de la Constitución lo son desde hace casi cuarenta y uno. Imagínate la de excrementos que se han ido acumulando durante este tiempo sin que se hayan realizado muchos esfuerzos por renovar algo el tema. Y es que, no nos engañemos, para un padre o una madre, la caca de su bebé es todo un rito iniciático. Ese momento en el que te llega a la nariz el aroma fétido de tu retoño, el súbito aumento de peso en el pañal, el llanto exigente de quien se sabe sucio, constituye un instante demoledor. Abres el pañal con la misma mano temblorosa que el padre Karras abre la puerta de la habitación de la niña de El Exorcista. Dos segundos, son solamente dos segundos, pero esos dos segundos en los que abres el único huevo Kinder inverso del mundo (blanco por fuera y negro por dentro) se antoja toda una eternidad para tu pituitaria. Aún no sé por qué Goya no dedicó ninguna de sus pinturas negras al cambio de pañal.

Lo que sucede, Albert, es que las películas de Hollywood, las canciones del estilo “I’ll love you forever and ever” y el hortera día de San Valentín, han pervertido la idea de amor. Uno tiene la sensación de que las demostraciones de amor deben estar envueltas en pétalos de rosa, aroma a primavera y polvos mágicos (bueno, si son polvos mágicos, ya no hablaríamos de amor sino del sexo de un cincuentón divorciado: nada por aquí y nada por allá). El amor es otra cosa. Amor es esperar en el párquing de una discoteca a las cuatro de la mañana a que tu hija salga con sus amigas para llevarlas a todas a sus casas, chutar con la mente a gol cada vez que le llega la pelota a los pies cuando juega a fútbol, sentir que su cara ilumina la habitación cuando se parte de risa viendo vídeos de gatitos en YouTube y creer que te vas a morir de cursi cuando escribes este tipo de cosas. Y sí, amor es limpiar pañales, recoger vómitos por tercera vez en una noche, esperar en las urgencias de un hospital a las tres de la madrugada, no saber qué hacer cuando tiene esos puñeteros ataques de pánico nocturno, desesperarte con los cólicos de las siete en punto de la tarde cada día como si fuese una alarma programada… y otras muchas situaciones que madres y padres han experimentado alguna vez. Y como tragedia más tiempo igual a comedia, todo eso serán historias divertidas que explicarás algún día en una comida familiar. Y al final, será la vida. Allá tú, si te hacías el dormido. Allá tú. Y sobre todo, allá tú si lo explicas en modo niño malote. Eso sí, creo que no hay mejor momento para recordar al gran George Bernard Shaw cuando dijo aquello que que “los pañales y los políticos se han de cambiar cada cierto tiempo y siempre por los mismos motivos”.

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