Choni

arrimadas

Estimada, o no:

Ya no se habla tanto de tribus urbanas. No quiero activar mi modo nostálgico, pero recuerdo en mi adolescencia a los rockers, los mods, los heavies, los new romantics, los punks, los skinheads y a María Jesús y su acordeón, que tenía el mismo poder de convocatoria en las pistas de baile que todos ellos juntos. Cualquier tiempo pasado no fue mejor.

Ahora también tenemos nuestras tribus urbanas. Los CDR’s, los indepes con lirio en la mano, los quitalazos sin vida emocional… Pero de todas las tribus urbanas hay una especialmente molesta: la de las chonis. Hace unos años se les llamaba quillas y en su versión masculina, quillos o lolailos. Se trataba de un grupo de personas con las que sabías que sólo se podía hablar de dos temas: coches/motos y qué tipo de cartón funciona mejor como boquilla para un porro. En la protohistoria de los quillos, recuerdo que se caracterizaban por llevar un enorme peine de plástico en el bolsillo. Olían a pogostemon cablin, que no es el monstruo de Stranger Things, sino un aroma que se conoce con el nombre de Pachuli. Sonaban los Chichos y los Chunguitos a toda potencia en el radiocassette de su 124. El loro, lo llamaban. Loro que paseaban cuando los radiocassettes se convirtieron en extraíbles. Canciones de “El pelos” como “La grifa” eran una especie de poesía urbana en aquellos tiempos en los que la heroína golpeaba a la juventud: “yo vengo de la isla, de la isla de Japón de fumarme cuatro porros que mi novia me invitó. La grifa es una cosa que te pone ciego, te ve la pestañí y te lleva pa’l talego”. No eran los quillos y las quillas personas de gustos refinados. Se caracterizaban por hablar en voz alta y por ser los pioneros en el uso de la “n geminada”: Connellá (gracias, Raúl Alcaraz por la invención del término).

La postmodernidad nos ha traído dos conceptos para hablar de esa tribu urbana: poligoneros y chonis. Siguen caracterizándose por sus maneras poco refinadas y su léxico limitado. Lo que sí les ha otorgado un altavoz son las redes sociales. Es en este medio donde su terrorismo ortográfico adquiere mayor dimensión: ipno, próloga y sunvención forman parte de sus neologismos habituales.

Es evidente que cada producto electoral tiene su target y el tuyo hace tiempo que quedó claro. Si lo tienen las pomadas antihemorroides, imagínate los políticos. La diferencia es que hay políticos que, a juzgar por sus discursos, más que votos lo que necesitan es una buena pomada antihemorroides. 

Yo no sé cómo eras en tu juventud, Inés. No sé si llevabas carpetas con la foto de Eros Ramazzotti o, en cambio, escuchabas a El pelos ( yo vengo de la isla, de la isla de Japón de fumarme cuatro porros que mi novia me invitó). Lo cierto es que yo, que intento mirarme las cosas con cierta perspectiva, he apreciado un claro viaje al chonismo en tu actividad pública. Quizás en tu intimidad escuchas a Mahler, lees a Herman Hesse y te interesas por el expresionismo abstracto de Jackson Pollock, pero en público te comportas como si una nube de pachuli te acompañara a tu paso. Estás a una rueda de prensa de ponerte el móvil en la regatera y obsequiar a los periodistas con reggeaton. Lo cual no es bueno o malo, simplemente es.

Dejando de lado tus ideas políticas (alguna tendrás porque tampoco es que que hayas caracterizado por proponer muchas mejoras, más allá de quitar lazos y ensuciar las instituciones catalanas) debo decirte que un poco de ganas sí tengo de que te den un cargo. Algo me hace sospechar que cuando debas tomar decisiones, cuando realmente debas proponer líneas de actuación, cuando tengas que enfrentarte a conflictos graves, la chulidina bajará de nivel. A El pelos le sucede en su canción: “me puse tan ciego que no vía ná, llegó la pestañí y me volvió a ligar. Me puse tan ciego que no vía ná, llegó la pestañí y me volvió a ligar. Talego, talego, qué dolor”.

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