Na… zí…

javier

Estimado, o no:

Definamos nazis como aquellos entes con aspecto humano que creen en las ideas de un tipo que vociferaba idioteces en una cervecería de Munich, se juntó con otros idiotas, empezó a invadir países, se reunió con otro idiota en Hendaya que había decidido matar a compatriotas y acabó suicidándose en su búnker de Berlín. Definamos el nazismo como la historia del mayor fracaso que ha vivido el mundo. No definamos como nazis a aquellos que llaman nazis a quienes no lo son, porque ni tienen campos de concentración, ni cámaras de gas, ni han formulado ninguna solución final, ya que entonces caeríamos en el mismo error. Eso sí, definamos como ignorantes a aquellos que banalizan el nazismo.

En España, todo indica que quienes adoptan una estética nazi, además de poner cara de malotes, suelen tener la tendencia de comprarse banderas españolas en bazares chinos (o robarlas, según el caso) y gritar vivaspaña a la menor ocasión. No es una opinión. Es un hecho. No sólo en España adoptan la estética nazi los ultranacionalistas. En el resto de Europa, los entes con aspecto humano que se muestran contrarios a la inmigración y que temen que los inmigrantes les quiten sus trabajos de ingenieros aeronáuticos o expertos en genética (¿notas la ironía?) son los ultranacionalistas. Y ahí va cada uno con la banderita de sus países vociferando Deutschland, France, Italia o lo que haga falta.

Como tampoco soy extremadamente tonto, supongo que llamas nazis a los que queremos la independencia de Catalunya o Euskadi. Está de moda. Los ultranacionalistas españoles suelen tener ese tic nervioso. Se trata de una especie de Tourette demagógico-populista, que les lleva a llamar nazi a todo aquel que no cuelgue la bandera española en el balcón y se pase el día salivando por el deseo de practicar la genuflexión ante el rey. Nazi. Nazi. Nazi. Si en vez de ese tic, tuvieran la manía de tocarse el pene, serían los seres más felices y relajados del planeta. Pero no, su trastorno obsesivo compulsivo consiste en llamar nazis a aquellos que cuestionan el régimen del 78. Quizás les relaje. No lo sé. Quizás esta costumbre llene su corriente sanguínea de dopamina y acaben escribiendo libros de autoayuda. Pero se trata de una costumbre un tanto molesta, como morderse las uñas de los pies en el metro, tocar la zambomba en una biblioteca o escupir en un tablero de ajedrez.

Te lo voy a explicar como si tuvieras cuatro años. Soy independentista y catalán. Eso significa que deseo que en un futuro Catalunya cuente con todas las herramientas políticas y económicas de un Estado para tener mayor poder de decisión. Sé que no todo el mundo en Catalunya desea lo mismo y por eso sigo pensando que lo mejor para lograr la paz social es aplicar la democracia con todas sus consecuencias. Es decir, poner unas cajitas de plástico, introducir unas papeletas para que los catalanes opinemos y construir una sociedad a través del sufragio universal. Y deseo que esto se pueda hacer sin tener a un tipo al lado que diga: “metí la porra como si fuera el fin del mundo”. ¿Desear eso ser un nazi? Yo creo que no. Yo no tengo ningún deseo de que Catalunya busque ningún tipo de expansión territorial. Eso ya lo están haciendo los Mercadonas, los Starbucks o mi barriga de cincuentón.

Dices que esperas haber palmado antes de ver no sé muy bien qué. En todo caso, te deseo muchos años de vida para que veas cómo en Catalunya el Estado español se contrae al mismo tiempo que se expanden las rotondas y las dimisiones en Ciudadanos. En fin, espero que en un futuro no muy lejano na y zí sean las respuestas de alguien cuando le pregunten qué queda del franquismo y si se ha mordido la lengua. 

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