Hacerse adulto a base de hostias intelectuales #DíaOrgullo

homofobo

Esta carta va dirigida a los que aún están a tiempo de evitar que la idiotez se convierta en un proyecto vital y no en una excusa de la edad. Por un mundo en el que aprendamos, de una vez por todas, a convivir. No cuesta tanto. A nadie acusarán nunca de ser demasiado inteligente, demasiado amable o demasiado respetuoso. 

Estimado, o no:

No sé cómo te llamas, no sé qué formación tienes (aunque sospecho saber de la que careces), no sé qué méritos has contraído con la sociedad y no sé qué pautas psicológicas rigen tu comportamiento, pero sí sé una cosa: mereces mi más absoluto rechazo, mi condena firme. ¿Y quién soy yo para juzgarte? Nadie. Es cierto. No tengo derecho a juzgarte. Quizás el problema es ése: nos sentimos demasiadas veces con derecho a juzgar a personas que no conocemos (y también a las que creemos conocer). Aplicamos de inmediato nuestros prejuicios para comprender la realidad, una realidad que es compleja y que no se parece en nada a un cuento infantil de buenos y malos.

Sin embargo, hay una diferencia entre tú y yo (y aquí te pido que tengas un cierto margen de confianza): yo jamás te juzgaría por llevar un chándal y porque puedas llegar a creer que eso es vestir bien. Primero porque juzgarte a ti por llevar un chándal sería jugar al mismo juego que tú (juego que no me gusta) y segundo, porque no tengo demasiada idea de lo que es vestir bien. Cuando veo algunos desfiles de moda, con modelos luciendo cara de cabreo permanente y vestidos que parecen diseñados con lo que Marie Kondo tira a la basura, decido no opinar sobre algo en lo que no soy un experto.

De todas maneras sospecho, a riesgo de equivocarme, de que a ti lo que te desequilibra tu sistema de valores (por llamarlos de alguna manera) no son unos pantalones cortos o una camiseta amarilla (al fin y al cabo, es la equipación del Cádiz) sino la orientación sexual de los demás. No comprendes la homosexualidad. No acabas de entender que dos personas del mismo sexo puedan enamorarse (o no), vivir juntas (o no) o tener sexo. Si te fijas, yo aquí he aplicado mi equipaje de prejuicios. Yo no sé si el chico al que agrediste verbalmente es homosexual. Su estética así parece indicarlo pero, si vieras algunas fotos de Bertín Osborne de joven, quizás te romperían los esquemas.

Imagina que a mí me da por aplicar un marco de prejuicios contra ti por vestir en chándal en un McDonald’s. Me preguntaría qué haces ahí cuando deberías estar, o bien practicando Taichí con sexagenarios en Montjuïc o intentando entrar en la discoteca de algún polígono. Como ver a un grupo de sexagenarios en un McDonald’s es más difícil que ver a un grupo de poligoneros en una conferencia de física cuántica, te imaginaría despistado. Pensaría que, o bien eres un politoxicómano de bajona en busca de alimento, o un pornógrafo en el descanso de un rodaje. Lo que sucede es que tengo alma de narrador. Me encanta imaginarme la vida de las personas en un marco de ficción. ¿Y si fueses Ronald McDonald antes de entrar a trabajar? O mejor aún, un viajero en el tiempo que se traslada al pasado para evitar el infarto por un exceso de comida basura. Lo que nos podemos imaginar de otras personas es fascinante. Es lo que tiene la imaginación, cuando ésta se emplea de manera positiva, claro. Porque también la imaginación nos puede convertir en auténticos gilipollas, en tipos que creen tener una misión en la vida como es la de corregir la homosexualidad a base de hostias.

En 1895 el escritor Oscar Wilde fue condenado a dos años de trabajos forzados por su homosexualidad, considerada una aberración para la sociedad victoriana y una indecencia grave para la ley. Hablamos del siglo XIX y no del siglo XXI (aquí viene un guiño de ojo). Pues bien, este magistral literato dijo que “el egoísmo no es vivir como uno desea vivir, es pedir a los demás que vivan como uno quiere”. Los niños son egoístas y uno de los procesos de socialización más importantes en la infancia es el de mirar a los demás, considerar a las otras personas, darles valor, confiar en ellas y estar dispuestas a dar lo mejor de nosotros mismos en pro del beneficio común. Por eso, es muy interesante superar la niñez, entrar en el mundo de los adultos aunque sea a base de hostias intelectuales y descubrir que, como dijo Camilo José Cela, “no es lo mismo estar jodido, que andar jodiendo”. Y si encima se hace dentro de un chándal, imagínate lo cutre que puede llegar a ser. Ups, te he juzgado sin conocerte. ¿El que juzga sin conocer a los demás puede ser juzgado por los demás aunque no le conozcan? Ahí lo dejo.

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