Ovejonoides

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Estimado, o no:

Una de las grandes leyendas urbanas durante la infancia es que el agua de las piscinas se tiñe de rojo si te orinas en ellas. La otra se la explicaron al actual rey cuando le dijeron que Franco era un ancianete simpático que le iba a dar trabajo a su papuchi (la leyenda hace referencia a lo de simpático. Lo de que se convirtió en una oficina de empleo para la monarquía se supo en la primera temporada de la mal llamada transición). Pero no nos desviemos del tema. La orina en las piscinas. ¿Es cierto que el agua se tiñe de rojo cuando un niño deja ir la carga? No. Si fuese así, cualquier piscina pública parecería la bañera de Séneca.

Hay otras leyendas urbanas: que si Elvis sigue vivo, que si Walt Disney está congelado, que si en las curvas aparece una chica que fuma y te habla de tú… Bueno, ésta quizás no sea una leyenda. En todo caso, mi leyenda urbana favorita es la de que Twitter es una red social. Me explico. Dice la primera acepción de social en el diccionario de la RAE que es un adjetivo y que es “de la sociedad humana o que tiene relación con ella”. De acuerdo, Twitter tiene relación con la sociedad. Aunque también la tiene el narcotráfico, las colecciones de tacitas de porcelana y la licenciatura de Inés Arrimadas. Y las tres cosas son inútiles para la sociedad. Pero vayamos a la segunda acepción de social: “que repercute beneficiosamente en toda la sociedad o en algún grupo social”. Pues depende, ¿no? Hay usuarios inteligentes, divertidos, ingeniosos y hasta sexys (no, Girauta no es sexy ni como portada en la revista “Reptiles del mundo”). También hay usuarios aburridos en plan “hola, soy contable en una empresa de servilletas”. Pero los peores son los usuarios spam, que es el sonido que quisieras que hiciera una mano abierta al impactar en cámara lenta sobre su cara. Spaaaaaaaaaaammmmm. Todo en plan bofetada de broma realizada por payaso tonto en espectáculo infantil, que conste. Y es que cuando la mayor aportación intelectual de alguien necesitado de más abrazos y menos Twitter es una frase que empieza por “irse a tomar por culo” es cuando la segunda acepción de social resulta más paradójica.

No sé cómo se crea una leyenda urbana. Supongo que siempre hay alguien que se las inventa y un momento en el que le alcohol en sangre provoca que te las creas. En todo caso, voy a proponer una. Cuentan que sobre un antiguo cementerio indio se construyó una casa (sí, qué pasa, plagio a Stephen King). Pues bien, en esta casa vivía un ñordo hispanicus que se pasaba todo el día inventándose insultos (ovejonoides tiene su gracia, por cierto). Tenía una amplia lista de insultos que escribía en Twitter porque mamá y papá no le querían mucho, su mujer le había abandonado por alguien con cinco neuronas más y su vida era más aburrida que la de un contable en una empresa de servilletas. La gracia de la leyenda urbana es que no es mentira. Esta vez es verdad. Ahora mismo en el mundo, en algún remoto lugar (o no tan remoto) hay un tipo con colesterol en vena, bilis en la boca y sobrepeso, sentado delante del ordenador, vestido con una camiseta manchada con el tomate de la pizza del día anterior, sudado, que huele a vestuario de equipo de rugby de mofetas y que se dedica a insultar porque cree que es su aportación más valiosa en Twitter. Estoy seguro. Aún así, mi leyenda urbana favorita es que no existe la catalanofobia.

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