Prejuicios, la gasolina del supremacismo

irena

Estimada, o no:

Estoy plenamente convencido de que uno de los derechos humanos fundamentales en esta sociedad del siglo XXI, la de la información y la democratización del conocimiento, es la del derecho a conocer la verdad. Sé que la verdad no es un concepto absoluto pero, aún así, es bueno definir unos límites claros entro lo que es cierto y lo que es falso. Y es que si como sociedad sabemos distinguir la verdad de la mentira, sabremos también hacer frente a los prejuicios con más inteligencia, para, algún día, eliminarlos del inconsciente colectivo. Soñar es gratis.

El prejuicio es una predisposición axiomática para aceptar o rechazar a las personas por sus características sociales bien sean reales o imaginarias” (Light, Keller y Calhoun, 1991). Se trata de una condición humana que nos inclina a responder de cierta manera frente a un estímulo de acuerdo a un precepto anterior. El prejuicio suele tener una connotación negativa hacia un grupo, lo que implica sentimientos o creencias que restan valor a éste. Muchas veces conlleva también desprecio hacia condiciones o características del grupo. Los prejuicios se aprenden (y es aquí donde los medios de comunicación y los políticos tienen un papel fundamental). Al final, un prejuicio es una forma distorsionada de interpretar la realidad. Quizás tenga una base real, pero a su vez, contiene información errónea.

Tú has interpretado que las personas aprenden idiomas en base a su utilidad. Lo cual es parcialmente cierto. Hay personas que aprenden idiomas para viajar con más garantías o para poder trasladarse a vivir a otra comunidad lingüística. Pero, afortunadamente, la realidad es mucho más amplia de lo que pensamos. Y es que hay personas que aprenden japonés porque les encanta la cultura japonesa, o chino, o árabe, o tantos otros idiomas. Aprendemos arte aunque jamás pintemos un cuadro, o historia aunque jamás vivamos en la Edad Media, o hacemos un curso de buceo aunque no pensemos en dedicarnos profesionalmente a esta actividad. Muchas personas amplían sus conocimientos por puro placer. Por eso hay museos, galerías de arte, exposiciones, libros y películas y por éstas y otras razones la gente viaja. Después de la ESO, las posibilidades de formación son enormes. Y no todas se engloban en tener una salida profesional. Pásate por cualquier facultad y verás a adultos estudiando una carrera por simple placer.

Y aquí es donde nacen tus prejuicios. Es cierto, la mayoría de nuevos catalanes, de personas que vienen a vivir a Catalunya ya de adultos, no ven el catalán como primera opción. Además, te aseguro que el Estado español, toda su maquinaria mediática y personas como tú, favorecen esta idea. La tan criticada inmersión lingüística por parte del supremacismo lingüístico español es una magnífica herramienta de integración porque permite que a través de los niños las familias conozcan el catalán, se integren mejor en la sociedad y aumenten sus posibilidades laborales. Ya sé que muchos desearíais la desaparición del catalán y de todas las señas de identidad que ponen en riesgo la supremacía castellana pero no va a ser así.

Y ahora te voy a dar un dato que desestabilizará tu esquema mental (bueno, no creo que lo haga porque el cerebro tiene otro mecanismo llamado disonancia cognitiva que lo primero que hará será provocar que no te lo creas). Según datos del 2018 proporcionados por el Institut Ramon Llull, en el mundo hay 150 universidades no catalanas en las que se estudia el catalán. En este enlace encontrarás el listado. Awesome!

Ya sé que no es bueno convertir la anécdota en categoría pero en Catalunya conocemos los casos de Matthew Tree, escritor británico que desarrolla su obra  en catalán e inglés; Chloe Phillips, cantante americana que gracias a un intercambio descubrió Catalunya y quiso aprender catalán o Halldor Mar, músico islandés afincado en nuestra tierra que habla un catalán perfecto. Te podría presentar a muchos profesores extranjeros que hablan en catalán perfectamente y, además, podrías pasarte por Barcelona para percibir que es una de las ciudades preferidas por alumnos extranjeros para cursar un Erasmus. Ésta es la realidad. Lo demás son prejuicios. Por eso, cuando dices que “nunca verás a un extranjero estudiar catalán”, dialogas peligrosamente con el ridículo. Otro día descubrirás que el mallorquín no es una lengua diferenciada del catalán, pero por hoy, ya es suficiente.

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