Nación Prozac

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Estimado, o no:

Tienes razón. Aún no se han inventado las naciones que leviten. De momento, la ONU no ha recibido con los brazos abiertos a la República Federal del Helio. Y es que los seres humanos siempre hemos tenido el vicio de vivir en un territorio, con lo que se descongestionaría el tráfico si pudiésemos volar.

Lo que sucede es que te han dicho que el nacionalismo es malo, malote, y que todos los nacionalismos son iguales. Inés Arrimadas te lo ha repetido muchas veces. Después aparece orgullosa con su bandera española en el Parlament catalán pero ella, ya lo sabes, no es nacionalista; es patriota que es algo muy diferente. Porque patriota es quien ha ganado la última guerra y ama mucho a su país y, en cambio, nacionalistas son los demás. Al final, los nacionalismos son como los gases intestinales, los ronquidos o la halitosis: sólo nos molestan cuando proceden de otros.

Y como todos los nacionalismos son iguales, o eso te han hecho creer, metes en el mismo saco a las naciones opresoras y a las naciones oprimidas. Quizás es porque, de hecho, crees en un mundo sin naciones (a no ser que desaparezca la tuya bajo un precioso manto de bonhomía universal y la capital de tu mundo feliz esté a tantos kilómetros de tu culo que, entonces, los señorones que mandan en la capital se olviden de él, claro. Porque ya se sabe que una cosa son los culos de los demás y otra muy diferente es el nuestro).

Una vez asumida la idea de que todos los nacionalismos son iguales, podemos llegar a pensar que Gandhi y Hitler (ambos nacionalistas) luchaban por lo mismo. Pero lo que no te dirán es que, en realidad, Hitler era un unionista y Gandhi un separatista. ¿O no? ¿O es que acaso Hitler no buscaba la creación de un reich transnacional que uniera otras identidades aunque éstas no quisieran? ¿O es que Gandhi no quería que su nación se separara del imperio británico? Lo que sucede es que una cosa es la realidad y otra, muy diferente, es cómo nos la explican.

Te dicen que en el mundo de la empresa es muy importante trabajar en equipo. Te vas a una librería y hay decenas de libros que hablan de las bondades del team work (en inglés queda más chachi). También te hablan de lo maravilloso que es el capitalismo y se liga el éxito de las multinacionales a la cantidad de mercados que conquistan (sin nombrar, claro, los costes en derechos laborales o en recursos naturales que su actividad provoca en países del tercer mundo). Más éxito es sinónimo de más mercado y sí, cariño, más territorio. Eso mola mucho. Llenar los centros históricos de las ciudades con un mar de logotipos para que al final todos acaben teniendo idénticos paisajes urbanos es maravilloso, la globalización, el éxito económico… bla, bla, bla. Pero si más de dos millones de personas se ponen de acuerdo en unir esfuerzos, talento, ideas y en crear sinergias para autodeterminarse, entonces son nacionalistas malos, malotes, como Hitler, hombre ya. Crear imperios económicos transnacionales como Steve Jobs, Mark Zuckerberg o Jack Dorsey es genial. Y si eres Ronald Mc Donald, un payaso que promueve el fast food entre niños, futuros obesos, mola que te cagas. ¿Cuántas personas uniendo esfuerzos con la intención de reinventar un modelo social, político y económico son necesarias para que dejen de ser partidos políticos y empiecen a ser nacionalismo chungo? No sé, dame una cifra. ¿El número de manifestantes en la plaza Colón, los votos de VOX, el número de franjas rojas y amarillas de una bandera?

Porque, no lo olvides, lo malo son las banderas. Llenamos el mundo de símbolos empresariales, deportivos o religiosos pero las que son malas son las banderas. Excepto la nuestra, claro. Los logotipos nos recuerdan que estamos en el lado correcto de la economía, las banderas de equipos de fútbol dan color a los estadios y los símbolos religiosos dotan de sentido a la cultura. Sin embargo, cuando unos catalanes agarran la senyera o la estelada y salen a las calles a decir que no, que no se sienten representados por el Estado que les administra, que se sienten formar parte de otra nación histórica, cultural o lingüística, se encienden las alarmas. ¡Nacionalistas! ¡Totalitarios! ¡Supremacistas! Y lo dicen quienes lanzan a paracaidistas con grandes banderas españolas y querencia por las farolas en, no te lo pierdas, el Día de la Hispanidad, en el que en una orgía bélico-nacionalista desfilan los militares al ritmo de pasodobles. ¡Olé! Porque hay que recordarles a los argentinos, peruanos, bolivianos, chilenos, uruguayos, etc, que en el siglo XVI España los sacó del anonimato, con un poquito de pólvora. Patriota, eso sí.

Todos, en mayor o menor medida, somos nacionalistas. Todos nos sentimos formar parte de una nación. Todos nos integramos en grupos humanos, nos asociamos, creamos clubs, grupos de whatsapp o nos sentimos ligados emocionalmente a una historia y a un territorio. Otra cosa muy diferente son las imposiciones, que los miembros de una comunidad no puedan dar respuesta a todas las preguntas que tengan necesidad de responder, que se retuerzan las leyes, que se consideren que éstas son losas inmutables, que se amenace, que se gestione el miedo como instrumento de control social, que se ningunee cualquier iniciativa o que no se vea la diferencia entre mayoría demográfica y mayoría democrática. Eso es nacionalismo opresor. No te quepa la más mínima duda.

En fin, te deseo suerte con la República Federal del Helio. Ojalá desde las alturas nos veas de otra manera: personas que queremos ser. Y muchos no nos sentimos ni inferiores, ni superiores a nadie. Porque eso no es nacionalismo, sino un problema de autoestima del copón. Es entonces cuando deberíamos hablar de la nación Prozac que siempre tiene demasiados habitantes.

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