Humildina

manuel

Estimado, o no:

De todos los mensajes que me enviaste ayer por Twitter, uno me gustó y otro me sorprendió. El que me gustó fue que me bloquearas. Lo confieso: que me bloqueen determinadas personas forma parte de mis “guilty pleasures”. Bueno… confieso sobre mi confesión que no son “guilty”.

El mensaje que me sorprendió fue éste: “si no comprendes mi argumento no es problema mío”. Depende, ¿no? Si no comprendo el argumento que me explicas entre gritos en plena caída consistente en que se te ha atascado el paracaídas y que debo accionar la anilla, creo que el problema es tuyo. Al fin y al cabo, es el imperio de la ley… de la gravedad.

El desplazamiento de culpa es uno de los mecanismos psicológicos más fascinantes que existen. No sé si Albert Rivera ha cargado al perro Lucas la responsabilidad de su dimisión. Si ha sido así, espero que haya vaciado su vejiga en el ego del expolítico (¿expolítico? Qué bien suena). Nuestro pensamiento más infantiloide tiende a desplazar la culpa a alguien o algo para evitar la humillación que supone ser víctima de nuestros errores o carencias. Esto es así desde el día en el que un hermano mayor echó la culpa de un jarrón roto a su hermano pequeño. Desde entonces ser hermano pequeño supone un caso de injusticia flagrante (lo digo por experiencia).

En fin, estimado, o no, si el mundo no te entiende, no le eches la culpa al mundo, que bastante problema tiene con el cambio climático, las guerras y Josep Borrell. En alguna parte de nuestro cerebro, escondida entre neuronas desorientadas por la experiencia de ser adulto, tener colesterol y perder cabello, está la humildad. Si el mundo no nos entiende, si nos sentimos solos en medio de la incomunicación, si las redes sociales nos han dado visibilidad pero no inteligencia, lo que debemos hacer es mejorarnos, cultivarnos, caminar los senderos que trazaron otros.

En la preciosa novela “Demian” de Herman Hesse hay una frase sobre la que gravita el texto: “el pájaro rompe el cascarón. El huevo es el mundo. El que quiere nacer tiene que romper un mundo”. Pues eso, nacemos dos veces: cuando abandonamos el útero materno y cuando empezamos a hacernos responsables de nuestros actos, carencias, debilidades e incoherencias. Y si no nos comprenden, quizás lo que tenemos que hacer es mejorar nuestros mensajes. La humildina es una hormona inexistente en algunos españoles. Al Quijote le costó muchas hostias darse cuenta, pero al final recobró la cordura en Catalunya. Cosas de Cervantes.

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