La extraña manera de decirnos que nos quieren

lleida

Estimado, o no:

Me parece muy bien que te guste Lérida. No he estado nunca en Lérida, municipio del departamento de Tolima, en Colombia. Tiene una población de 18.115 habitantes y algún que otro catalanófobo que la visita de vez en cuando. Los habitantes de Lérida, o lerindenses, son conocidos con el apodo de “Pelachivas”, dato que no juzgo interesante, pero quizás ha sido su parecido con “Pelacañas” lo que me permite cerrar el primer párrafo de esta cariñosa respuesta con una cierta asociación de ideas.

Afirmas que Lleida no te gusta, lo cual es respetable. A mí tampoco me gustas tú y no por eso nos vamos a pelear. Leo en tu cuenta de Twitter que siempre dices Barcelona, Tarragona, Lérida y Gerona. Queda claro que eres totalmente libre de hacerlo. Sin embargo, déjame que te diga algo que se puede convertir en una epifanía en tu vida. A todas las personas les encanta que los demás tengan algo de empatía en su relación con ellas. No hay ningún manual de ser humano que lo diga y la Constitución no contempla la empatía en ningún artículo. De hecho, nadie nos obliga a ser empático. La sensibilidad, la ternura, el respeto, la admiración o la empatía no son valores que figuren explícitamente en ninguna ley. Pero es que seguramente la cualidad de humano es algo que no suele estar escrito en ningún sitio. Eso sí, es algo bastante binario: o uno es humano o no lo es. No se puede ser 90% humano y 10% capullo. Todo lo que pase de un 1% de capullez ya es excesivo. El menosprecio sistemático hacia otras lenguas o culturas, no nos hace especialmente humanos y sólo nos permite conectar con otros seres que se dejen llevar por el mismo menosprecio. Tampoco el menosprecio es sostenible, ni a corto, ni a largo plazo. El menosprecio como actitud vital conlleva un equipaje de odio que pesa demasiado.

El respeto a otras lenguas y culturas, en cambio, nos abre la mente. Y al abrir la mente, la experiencia de la vida adquiere un mayor atractivo. Uno ya no se levanta pensando con quién se debe cabrear y a quién tiene que menospreciar y faltar al respeto, lo cual mejora su relación con ese lugar en el que va a pasar el resto de su vida, que no es otro que el mundo. Ni vivimos en una cuenta de Twitter, ni en un barril de bilis. Vivimos rodeados de millones de personas capaces de compartir con nosotros experiencias que nos hacen mejores. Por eso, cuando una persona feliz, positiva y con la mente abierta quiere relacionarse de manera positiva con otras personas, lo último que hace es menospreciarlas. Todo lo contrario. Se adapta para buscar un lugar común. No cuesta nada hablar con un vasco y responder con un eskerrik asko, o con un inglés y decir “I was in London”, en vez de “I was in Londres”.

Cada llengua és un món per descobrir i cada persona és important. O entenem que el menyspreu cotitza molt poc en el mercat de l’afecte i dels projectes compartits o és evident que els catalans no tenim un lloc a España. Són aquestes coses les què ens han expulsat. Si tu sents que has de dir Lérida o Gerona, endavant. Dir Lleida o Girona davant catalans et farà més sensible i empàtic, tot i que, al final, escollim què volem ser amb totes les conseqüències.

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