El tipo que se tocaba mientras comía ganchitos

imbécil

Me encanta escribir. Me pasaría horas haciéndolo. Escribir me permite jugar con mi mente y poner en marcha todos los recursos de la imaginación. Entre los juegos más divertidos que propone la escritura creativa el que más me atrae es lo que se llama “ficha de personaje”. Consiste en imaginar una vida para los personajes de una posible novela o película. Desde el nacimiento, hasta el momento actual de cada personaje, debes imaginar cómo han sido sus vidas. De alguna manera juegas a ser un dios, un creador de vidas de ficción.

Como insultas amparándote en el anonimato y renunciando a una identidad humana, voy a permitirme el placer de responderte imaginándote. ¿Cómo eres en la vida no virtual? Te regalo tu ficha de personaje. Podría ser el inicio de una novela.

Te llamas José. No por nada especial, sino porque es un nombre muy común. Los pocos que te conocen te llaman Pepe. Tuviste una infancia complicada. Repetiste tres cursos y, al alcanzar los 16 años, te diste por vencido. No te gustaba estudiar. Eras incapaz de memorizar nada, las matemáticas se te antojaban demasiado complejas y tu capacidad de concentración se resumía en los diez segundos que necesitabas para desconectar de todo aquello que sí provocaba interés en otros niños. Ya en el colegio tenías pocos amigos. Eras el hijo del borracho que gritaba en el bar y de una buena mujer que en seguida se dio cuenta de que no se había casado con Pablo Neruda. Tu música preferida es el sonido de las máquinas tragaperras. Tu padre te aparcaba en alguna mesa del bar, mientras derrochaba su exiguo sueldo en jugar y en whisky Dyc. Te acostumbraste a ese sonido irritante de las tragaperras y en poco tiempo empezó a formar parte de la banda sonora de tu vida.

La adolescencia no fue mejor. Tu padre llegaba borracho a casa, día sí y día también. Tras abandonar los estudios (o mejor dicho, después de que los estudios te abandonaran a ti) te pusiste a trabajar en una obra. Cargabas con sacos de cemento y cubos de agua porque tampoco sabías hacer mucho más. Te criaste en un ambiente masculino, con altas dosis de machismo. Silbabas a las chicas jóvenes y vomitabas frases desagradables porque querías hacerte el machote. Desde entonces tu vida laboral ha sido una combinación de madrugones, frío, calor, sueldos miserables y largas temporadas en el paro.

Has heredado de tu padre la querencia por pasar horas sentado en la barra del bar. Te pones un palillo entre los dientes mientras llenas la quiniela de cruces. Sueñas con que un día tu Real Madrid te haga acertar un único boleto ganador. No sabrías qué hacer con tanto dinero. Nunca has sido de viajar, hablas un único idioma, desconoces la sofisticación de la belleza, el placer que comporta descubrir las maravillas del mundo y tu idea de felicidad consiste en sentar tu culo delante del televisor para ver a famosetes que se gritan. Tampoco tu pensamiento político se encuentra en una fase especialmente evolucionada. Siempre te ha puesto mucho la Guardia Civil, el Rey y España. De eso, no sales. Y ahora que los independentistas cuestionamos el régimen, has transformado tu incapacidad para entender el mundo en un catálogo de tópicos, amenazas, bilis e insultos.

Eres consciente de tus carencias. Escribir cuatro frases seguidas es todo un reto para ti. Dónde colocar las comas supone un gasto neuronal que no estás dispuesto a asumir. Sin embargo, te has creado una cuenta anónima en Twitter para exorcizar tus demonios. No das la cara. No dices quién eres porque sabes que no eres nadie. Te limitas a sentarte en la barra del bar, a pedir tu cerveza barata y a escribir estupideces que tú crees que son ingeniosas. Es un reflejo de tu vida. Cuando uno sabe que está destinado a que la Historia se olvide de él, sólo queda un lento viaje al hoyo, el retorno al origen, a la tierra, a ser un montón inanimado de química orgánica. Oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio y fósforo. Sólo somos eso. Una combinación caprichosa de elementos químicos destinada a ser absorbida por la naturaleza.

Te imagino con sobrepeso, casi calvo, con más de una caries dental que no solucionas porque no tienes dinero para el dentista. Te alimentas de comida basura, no haces deporte y tu colesterol amenaza a tu corazón con un posible infarto. Tu próstata te recuerda que ya tienes una edad y necesitas visitar los lavabos del bar con más frecuencia de la que te gustaría. Cuando vuelves, alguno de tus compañeros de borrachera te habrá robado la cerveza. Decidirás entonces mover tu soledad de camino a casa pero, como aún tienes en el bolsillo el dinero de tu subsidio de desempleo, tomarás la decisión de buscar sexo de pago. Aún recuerdas el día en el que el médico te dijo que tenías Clamidia y que pensaste que era un personaje de Juego de Tronos. Ingenuo. Se te puso el pene como el de un perro en celo. Y hablando de penes: el tuyo es ridículo. Tiene forma de seta venenosa y un color extraño. En el glande tienes tantas pecas que parece el negativo de un Mikado, esos palillos de chocolate que venden en el supermercado. Te gusta tocarte mientras comes ganchitos. Después de cada sesión de íntimos deseos, tus calzoncillos huelen a queso y tu seta parece otro ganchito más. Te consuelas volviendo a entrar a Twitter. Otro tuit más. Unos cuantos insultos. Nadie te conocerá. Soltarás lastre. Una vida más. Otro tipo cansado de ser y de estar. Sin creatividad. Sin imaginación. Un peso muerto. Otra soledad en la gran ciudad que se muere lentamente, día tras día, hora tras hora. Apurarás la cerveza, te tirarás un pedo, pagarás al camarero con unas cuantas monedas que sacarás de tu bolsillo lleno de pelusillas, intentarás llegar a casa en medio de los vapores etílicos y con la única luz de una mirada que nunca supo soñar.

En poco tiempo llegará la última curva. La tomarás casi sin luz, a tientas. La vida no te dio más y tú no le diste demasiado. “Respiró”, dirá tu lápida. Y bajo un ciprés, tu oxígeno, tu carbono, tu hidrógeno, tu nitrógeno, tu calcio y tu fósforo se mezclarán con el mundo, con el olvido, con las oportunidades perdidas, con lo que jamás lograste, con lo que quedó en la cuneta… Y alguien escribirá lo que tú jamás supiste escribir. Y llenará de palabras el blanco de una página de word. Y las palabras vivirán en alguien. Y la vida continuará sin ti.

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