La burbuja mágica del supremacismo

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Estimado, o no:

Creo en el Karma. Estoy convencido, por ejemplo, de que el ornitorrinco fue un pato que en otra vida se portó mal. O eso, o es que era el primer día de un becario en la zona de montaje de los patos. En todo caso, como creo en el Karma, me pido ser supremacista en la próxima vida.

Ser supremacista es genial. Sólo tienes que sentir que has ganado alguna guerra que te otorga poder porque sí. No se trata de vivir acumulando créditos como, por ejemplo, una buena templanza, sensatez, formación, experiencia… Con formar parte del bando ganador, ya es suficiente. Me encantaría poder decir: “mira tu DNI”, “haber ganao la guerra” o “háblame en español que para eso estás en España”. ¿Tú sabes la autoestima que te da eso? ¡Uf, qué subidón de oxitocina! Ya puedes ser un mierda en la vida, un tipo sin oficio ni beneficio, un error del sistema, que si te sientes formar parte de algún bando ganador, el resto es más fácil.

La Historia está llena de victorias y de derrotas. Pero, claro, si eres muy español y mucho español (y además fan de los Borbones) siempre tienes 1714 o 1939 flotando en tu subconsciente. Y es que los muy españoles y mucho españoles no suelen hablar en demasiadas ocasiones de 1898 (y mucho menos si viajan a Cuba o a las Filipinas). Es como el hostiazo contra la farola del paracaidista. Todos lo vieron pero han decidido meterlo bajo la alfombra de la amnesia colectiva.

Lo que sucede es que el supremacista tampoco es tonto. Los supremacistas que quieren estudiar en una universidad alemana no asisten a las clases exigiendo que el profesor les hable en caastellano, “que pare eso estamos en Europa”. Lo sé, allí el castellano no tiene ningún tipo de oficialidad y en Catalunya, sí. Lo que sucede es que en esta vida, sentirte ganador de alguna guerra anterior, no te otorga todo el paquete de derechos. Alguna obligación también hay. Por ejemplo, ¿qué sucede con el derecho que tienen los profesores catalanes de utilizar su lengua materna? ¿No existe ese derecho? ¿Qué sucede con el derecho que tienen los enfermos catalanohablantes de poder hablar con su médico en su lengua materna? ¿Qué sucede con el derecho de los ciudadanos catalanohablantes de poder pedir en cualquier bar un cafè amb llet, sin que alguno de esos tipos que cree haber ganado una guerra, les ordene que le hablen en castellano? Algún derechillo tendrán esas personas, ¿no?

Si vienes a estudiar a Catalunya, debes saber que muchos profesores hablan en catalán. En Reino Unido sucede con el inglés, en Francia con el francés y en Italia con el italiano. ¿No te parece maravilloso que tu paso por Catalunya te permita aprender catalán, saber más de la cultura catalana y sentirte integrado en la sociedad catalana? Viajar a Hungría para acabar comiendo paella en restaurantes españoles, hacer un Erasmus en el extranjero para estar todo el día rodeado de jóvenes españoles o que los únicos países extranjeros que visites sean aquellos en los que se habla castellano, no parecen opciones especialmente desafiantes para el intelecto. Sí, ser supremacista es genial cuando uno está encantado de haberse conocido, cuando uno cree que el centro del mundo es su ombligo lleno de pelusillas. Pero hay tantas cosas maravillosas por conocer antes de estirar la pata que encerrarse en la burbuja mágica del supremacismo parece estúpidamente improductivo.

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