El menosprecio es como el esfínter de un elefante: nunca sale de él nada que te haga estar cerca.

dialecto

Estimada, o no:

No tengo ni la más remota idea de cómo será la sociedad dentro de 50 años. Me imagino que habrá personas muy inteligentes, inteligentes, casi inteligentes, idiotas, muy idiotas y supremacistas. La condición humana no se cambia en 50 años. Discúlpame si no soy optimista pero es que, tal como están las cosas, ser optimista se parece bastante a ser ingenuo.

No sé si sabes que todo sistema de sonido posee un cierto nivel de relación señal/ruido. Creo que este concepto se puede aplicar a la sociedad. Siempre reclama su presencia una cierta cantidad de ruido que dificulta que nos podamos entender. Es como tener a un cantante de reggeaton afónico pegado a tu lado mientras intentas ver tu serie favorita. El ruido. Siempre el ruido.

Si de verdad hay un dios creador de todas las cosas, yo le pediría que nos diera un manual de instrucciones del ser humano. Si lo hay para los televisores o para las neveras, debería existir también para esos seres que salen despedidos del útero materno en medio de una nube de ignorancia, llantos y deudas de generaciones anteriores. Y en ese manual de instrucciones yo empezaría diciendo que nunca se debe construir ningún tipo de relación humana basada en el menosprecio y que jamás uno debe situarse en un nivel de superioridad moral respecto a otra persona. Nada bueno sale del menosprecio. Nada. Del afecto nacen amistades, amores, pasiones, recuerdos compartidos, proyectos, sinergias… Del menosprecio solamente nace el odio, la incomprensión, la destrucción del otro, la cosificación de seres humanos, el ninguneo… El menosprecio, además, no sólo hace daño al otro. El menosprecio es una venda que nos ponemos en los ojos, un tapón para cada oído que nos impide ver u oír la realidad en toda su hermosa complejidad. El menosprecio nos aleja de cientos de posibilidades. Negamos otras culturas, otras lenguas y otros puntos de vista con la falsa idea de que nuestra cultura, nuestra lengua y nuestro punto de vista nos bastan para completarnos.

El catalán, el gallego o el euskera no son “dialectos locales”. Infórmate. Un poquito. Es un minuto en Google. Intenta que tu cerebro establezca las sinapsis necesarias para que entiendas la diferencia entre lengua y dialecto. Hazte ese favor. En serio. Te lo digo con cariño. Si te informas un poquito más, sabrás que no siempre “un Estado” equivale a “una lengua”. Una simple división te dará una pista: divide las 6000 lenguas aproximadamente que hay en el mundo entre los 194 países soberanos. ¿Lo ves? Hay muchas más lenguas que Estados. Y eso también sucede en España. Lo que pasa es que en algún momento de tu vida nadie te lo explicó. Quizás el relato oficial de este Estado que no sabe ser nación es que hay que evitar a toda costa la complejidad y sustituirla por una unidad que no es unidad sino uniformidad impuesta. Una uniformidad que niega la diversidad y que, por lo tanto, produce una sociedad que se niega a sí misma. ¿Triste? Mucho. Es la historia de España, un país alérgico a su propia complejidad y a su riqueza. En algún momento de su historia algo se debió torcer. ¿Fue en 1492? No lo sé. En todo caso, no nos menosprecies. No conviertas a los bilingües en algo molesto. El menosprecio es como el esfínter de un elefante: nunca sale de él nada que te haga estar cerca.

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