Las contradicciones del unionismo mágico @pmklose

pau

Estimado, o no:

Sería realmente interesante que entre los miembros del unionismo mágico os pusierais un poco de acuerdo y coordinarais algo vuestra independefobia. Llevo años escuchando el mantra de que el nacionalismo se cura viajando y ahora resulta que no, que cuando aprovechas una beca Erasmus en el extranjero te vuelves más supremacista que nunca. Supongo que para no ser considerado por los unionistas mágicos como un nacionalista supremacista adoctrinado por TV3 tengo dos opciones:

  1. No viajar al extranjero. No hablar cuatro idiomas. No vivir en una comunidad visitada por 19 millones de turistas cada año. No haber estudiado Turismo. Encerrarme en lo que Savater llamó “módulo cultural” pero, eso sí, sintiéndome muy español y mucho español.

  2. Viajar pero sólo por España. Al parecer, si viajas solamente por España, se cura el nacionalismo. Ya se sabe que en España el nacionalismo español no existe, es una leyenda urbana, un mito creado por váyase a saber qué hereje malo, malote. Mientras, el no nacionalismo español organiza desfiles militares con paracaidistas traviesos, pone banderas españolas hasta en la sopa y lalalea un himno al que le falta letra (mechachis) pero como si le fuese la vida en ello. 

Pues no me gusta ninguna de las dos opciones. Quiero ver mundo. Quiero hablar otros idiomas además del castellano. La vida es demasiado corta como para ser rojigualda.

Viajar no garantiza nada porque lo importante es la actitud. Y lo curioso de todo es que cada día viajamos. Desde la ignorancia de un recién nacido hasta la última experiencia vital, viajamos. La vida es un viaje. En ese viaje importa la distancia recorrida y cuando sólo se ve España, España y después, España, perdona que te diga pero lo vida puede resultar un enorme coñazo.

En el mundo, tengo mis lugares preferidos y créeme, estar ahí me ha hecho mejor.

En París, mi lugar preferido es el Quai de la Tournelle. Desde ese punto se ve Notre Dame y cómo el Sena se bifurca en la Île de la Cité. Cada vez que voy hago una foto. Manías mías. Siéntate unos minutos en ese punto cuando anochece en verano y verás cómo la vida se antoja preciosa.

En Nueva York, mi lugar preferido es la Observation Deck del piso 86 en el Empire State Building. Todas las películas que he visto sobre mi ciudad favorita desfilan en mi mente cuando estoy allí.

En Escocia, mi lugar favorito es el valle de Glen Coe. ¡Uf, qué regalo para las retinas!

En Copenhague, un paseo por el canal de Nyhavn es una auténtica delicia y un regalo para los instagramers. ¡Toma foto! ¡Y sin filtros!

¿Sigo? La Habana vieja. Las casitas de colores de San Juan de Puerto Rico. Las galerías de arte de Cotlliure. El cementerio judío de Praga. Skansen en Estocolmo. Portobello Road en Londres. Las cataratas del Niágara. Un trozo de tarta Sacher en Viena acompañado de Melange. Un Pretzel en un beergarden de Munich. La luz del atardecer sobre el Lincoln Monument en Washington. El MOMA, el Orsay, la Tate Modern, la Capilla Sixtina… Enamorarse del mundo no es supremacismo, es enamorarse del mundo y saber que España es pequeñita en comparación, resulta un buen principio. 

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