El día en el que Lorena Roldán confundió Twitter con Tinder

Lorena

 

Estimada, o no:

Seguramente, la primera red social la inventaron unos ancianos en algún pueblo cuando sacaron las sillas a la calle en una noche de verano. El bar otorgó alcohol y techo a esa necesidad pero lo de la comunicación es un archivo que adjuntamos con nuestra alma desorientada y preocupada por el colesterol. Si le ponemos ceros y unos al tema, códigos binarios y un entorno digital, podríamos decir que la primera red social fue Classmates.com, que nació en 1995, el año en el que se estrenó el primer largometraje totalmente digital de la historia: Toy Story. “Hay un amigo en mí”, ¿recuerdas? Frase que a Albert Rivera ya no le sirve para captar votantes.

En 1997 llegó SixDegrees.com; en 2003, My Space, LinkedIn y Xing. Pero fue en 2004 cuando el hijo de un psiquiatra, Mark Zuckerberg, se dió cuenta de lo solitos que nos sentimos en un mundo tan hiperconectado como adicto a las turbulencias emocionales. Fue entonces cuando creó Facebook. A cambio de hacerse millonario, nos ofreció la oportunidad de decir al mundo. “hola, éste soy yo. Sé que nunca ganaré premios; como soy de clase media, la Historia se olvidará de mí pero me gustan los gatos que hacen pipí en un orinal. Existo. Dame likes”. Dos años después, en 2006, un tipo lamado Jack Dorsey, junto a Evan Williams, Biz Stone y Noah Glass, creó Twitter. 140 caracteres en aquél momento que permitían soltar frases como “una bonba a quien pite el ipno”. Un día se publicarán las estadísticas de filólogos que han pedido la baja laboral a causa de los tuits escritos por los filósofos de Twitter.

En resumen, Lorena, estamos en época de redes sociales. Trump escribe tuits a las cuatro de la madrugada con cajas de comida rápida y migas de hamburguesas en su cama, Miquel Iceta reproduce haikus en su cuenta de Twitter y Rosa Díez nos regala cada día nuevas dosis de horror vacui. Pero aunque ya tengamos cierta experiencia en esta manera de conectarnos con otros seres humanos, resulta conveniente recordar la función de las redes sociales. Te las explico:

Facebook: por fin mi hijo millenial no sabrá qué comparto aquí.

LinkedIn: hola, me he quedado sin curro.

Instagram: mira qué bueno estoy cuando aguanto la respiración, mientras me hago un selfie en la playa para que se vean las horas de gimnasio.

Twitter: ¿de qué quieres discutir?

Snapchat: me he puesto orejas de conejo para que hagan juego con mis dientes de ídem.

Tinder: ¿en tu casa o en la mía?

YouTube: mira qué hostia se ha dado el imbécil.

Y así estamos, Lorena: inmersos en una época de soledades compartidas, narcisismos digitales y nuevas experiencias de comunicación. Lo que sucede es que no es bueno confundir las redes sociales. Si se hace, es como entrar a comprar zapatos en un puticlub. Que no digo que en ambos sitios no te los tengas que quitar pero es por motivos diferentes. Te digo esto porque tengo la impresión de que has confundido Twitter con Tinder. A Twitter la gente va a pelearse (con su intelecto, con la ortografía, con la vergüenza ajena, con su sentido del ridículo o con otros tuiteros). A Tinder, en cambio, se va a ligar. Por eso, si quieres un matching con el presidente del gobierno, quizás será mejor que cambies de red social. Aunque, al paso que va la pérdida de votantes de Ciudadanos, quizás debas pensar en sacar la silla a la calle y comentar lo sinvergüenza que es el hijo del alcalde, lo que refresca para la época del año o lo que duele la artrosis con este tiempo.

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