¿Esperar qué? ¿Hasta cuándo?

reyjuanca

 

Hubo un momento en el que decidimos no ser, no creer, sobrevivir sin más. Mirar el tiempo en el calendario. Ver pasar los días. Respirar, comer, reproducirnos… bostezar. Hubo algún instante, escondido entre millones de instantes, en el que concedimos demasiado poder a los mediocres. Quizás nos cogió despistados esperando el fin de semana o las vacaciones. Soñamos un lugar entre un mar de toallas, un rincón de calma, el aire en el rostro, el sol en la nómina. Y el tonto de la clase creció y se hizo político, o heredó un imperio de papá y caímos en la cuenta de por qué se llamaba Borjamari.

Hubo un momento inconcreto, anónimo, indeterminado, en el que llenamos los platós de imbéciles, de expertos en nada, de maleducados gritones. Y ese momento tuvo hijos de pequeños momentos inconcretos, anónimos e indeterminados que vistieron de plató los parlamentos. El márketing político hizo el resto. Nos vendieron productos y no ideas, sonrisas profident, chascarrillos sin gracia, insultos y mala hostia. Los valores se convirtieron en algo tan pasado de moda como las hombreras o las canciones de Julio Iglesias. Los tipos del bigotito y las venas del cuello hinchadas te miran raro si hablas de igualdad o de justicia. No consienten que pongas en duda el unagrandeylibre. Obediencia ciega al líder supremo. Monarquía o barbarie. Una lengua, un imperio, un pensamiento. Puta vida, nene.

Hubo un momento en el que olvidamos el arte, la Historia, la filosofía, las revoluciones que nos dieron lo que podríamos haber sido. Y enterramos la belleza bajo una impenetrable capa de porquería. Y decidimos ser superficiales para no ahogarnos, banales, borreguitos obedientes en busca de una recompensa en forma de fresca hierba o el mantra del virgencita que me quede como estoy. Y aceptamos la corrupción, y nos follamos a Montesquieu y la separación de poderes, y dimos por hecho que unos tipos con uniforme y pocos estudios nos pudiesen amenazar o golpear en nombre de cualquier coartada. Cedimos la soberanía a mister desconocido, que en su consejo de administración toma decisiones por nosotros. Y las calles se vaciaron. Y la protesta se antojó extraña. Y el futuro nos cogió entre un bostezo y un extraño picor en los testículos que aliviamos mientras un millionario marcaba un gol.

Hubo un momento en el que alguien gritó “esto no va bien” y otro le replicó “sálvese quien pueda”. Un cabrón lanzó gases lacrimógenos contra niños en el país en el que nació la democracia, los virus hicieron que desconfiáramos aún más de los demás, los estornudos provocaron sospechosos alejamientos en el metro, el tonto escribió tuits tontos, el machista se dio un cabezazo contra el sentido común y la vida siguió siendo ese teatro en el que actores y público se confunden en una masa de necesidades, frustraciones, anhelos y sueños compartidos. Y sí, ahora hay unos alguienes haciendo el amor en algún lugar del mundo, y nace una niña o muere un anciano, y alguien se siente solo, y otro celebra su último cumpleaños, y hay niños que cantan una canción en alguna escuela y noticias que en otros países son portada y aquí se ocultan bajo una alfombra que ya es montaña. Esperanza, una palabra que procede de esperar. ¿Esperar qué? ¿Hasta cuándo?

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