Diari d’un confinat. Capítol 17.

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Intento no escribir cuando estoy triste. Escribo desde la rabia o desde la alegría, desde la sorpresa o desde la duda, pero jamás desde la tristeza. De todas las formas que existen de amargar la vida a los amigos, la más directa es explicarles tus penas. Ya sé que la tristeza es un territorio común pero jamás verás ningún libro de autoayuda que te lleve a estar triste, no hay conferencias TED del tipo “Estar triste es lo mejor que te puede llegar a pasar” o Podcasts de Pedro Sánchez en iTunes con el inequívoco título de “Cómo un tipo triste llegó a presidir España” (y motivos hay para que un día los grabe). Por eso, hoy no te explicaré que estoy triste. Olvídate. No te voy a amargar la vida regodeándome en mis penas.

Lo cierto es que, como tú, ya llevo un mes encerrado en casa. Lo sé, con las dos personas más maravillosas del mundo pero encerrado, al fin y al cabo. En este momento algún lector habrá experimentado la acción del duende cabrón que todos llevamos dentro. ¿Un duende? Prefiero pensar que es un duende y no el producto de una educación basada en el “virgencita que me quede como estoy”, en la penalización del placer o en la castración emocional. Es un duende. Un cabronazo pequeño y juguetón dispuesto a reprochar cualquier tipo de queja. Así, si te lamentas por llevar un mes encerrado, inmediatamente se despertará de su sueño de cabrón represor y te dirá que no tienes derecho a quejarte, que están peor en Siria, que tú vives muy bien, que tienes Netflix y que muchos envidiarían tu vida. Y claro, te tienes que callar. Porque sí, porque en Siria están muy jodidos y tú eres un ciudadano del primer mundo. Y entonces te callas porque el duende cabrón te quita el derecho a expresarte, a decirle al mundo: estoy triste.

Sin embargo, muchas personas también tienen otro duendecillo. Si por un momento me pusiera en modo Paulo Coelho, te diría que el duende cabrón está en el cerebro y este otro duendecillo vive en el corazón. Razón y sentimientos frente a frente. La razón de saberte afortunado frente al sentimiento de querer más. Porque sí, racionalmente sólo llevas un mes encerrado cuando hay presos políticos injustamente encarcelados; y sí, tienes Netflix; y sí, cuando con las uvas de fin de año deseaste pasar más tiempo con la familia, has visto cómo tu deseo se ha cumplido. Pero ahí está el corazón, impulsando sangre con el mismo ímpetu que impulsa sueños o que, como en los días lluviosos, también impulsa tristezas. Y hoy llueve. Y las calles están vacías. Y el mundo nos ha propinado una hostia con la palma de la mano bien abierta. Y el duende cabrón intenta que no pienses que con un gobierno previsor y con una política de cero recortes en sanidad de gobiernos anteriores, hoy quizás estarías como Mister Gunnarsson de Reykjavík o Miss Larsen, que vive en Copenhague con sus tres gatos. El duende del corazón te dirá que si en España sacan a los militares a pasear es porque te quieren hacer creer que morir es un acto de patriotismo en una guerra invisible. ¡Ay, el Estado! Lo que debería ser una organización política es desde hace siglos el diván de un psiquiatra en el que volcar frustraciones atávicas, obsesiones patrioretas y un no saber qué ser.

Las calles están mojadas. Hoy hace día de bolero. La ventana se precipita en la habitación con un gris que no invita precisamente a sonreír. Para colmo, en Spotify he puesto una lista de canciones de Ólafur Arnalds. El duende cabrón me pide que busque “Resistiré”. Yo le muestro mi corazón. El dedo, concretamente.

P.D. He puesto el making off del artículo como imagen de la entrada de hoy. Metaliteratura, lo llaman. O quizás, una parida mía.

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