Diari d’un confinat. Capítol 18

milicos

Estimado, sentido común:

Llevo días observando que en las ruedas de prensa que se organizan para proporcionar información sobre la pandemia que nos hemos dado entre todos, aparecen tipos que generan la impresión de ser militares. Lo cual me resulta sorprendente. En BUP estudié ciencias y en el instituto me explicaron que un virus (del latín virus, en griego ἰός «toxina» o «veneno») es un agente infeccioso microscópico acelular que solo puede multiplicarse dentro de las células de otros organismos (lo confieso: he mirado la Wikipedia). Entonces, sentido común, he pensado: ¿qué información sobre un virus puede aportar un militar que no pueda aportar un científico? ¿No será que el agente infeccioso microscópico acelular ha llegado procedente de Raticulín y España se está preparando para una invasión alienígena en plan Mars Attacks? Vaya por delante que no tengo nada en contra de los Raticulienses (¿o se dice Raticulinos?). En todo caso, cada vez que veo a uno de esos tipos con medallas, espero que por fin anuncie que la República Interestelar de Raticulín ha estado enviando mensajes cifrados al CNI repletos de amenazas de invasión y de abducir a Rosa Díez (lo sé. Los Raticulinienses, o como se llamen, no saben lo que hacen).

Y ya que estoy hablando de militares, sentido común, déjame que aborde un tema que me fascina: ¿por qué se ponen medallas? Ya encuentro sospechoso que se coloquen estrellas. ¿No se conocen entre ellos? Soy tutor en un colegio y te aseguro que encontraría un poco raro que nos pusieran estrellas como si fuésemos una postal de Navidad. ¿Y en una empresa? Departamento de comunicación. Media arroba, si eres becario; una arroba, si eres currante; dos arrobas, si diriges el departamento. Departamento comercial. Media VISA, si eres un IBM (y ve me a por esto, y ve me a por lo otro); una VISA, si eres capaz de rellenar facturas y calcular el IVA, y dos VISAS, si puedes comprar tests para el coronavirus que realmente sirvan (hola, Salvador Illa).

Pues eso, sentido común, que ya me parece sospechoso que lleven estrellas, como si el ejército fuese el Burger King y, los militares, el niño que celebra el cumpleaños y se coloca la corona. Pero es que, además, se ponen medallas. ¿Medallas? No soy psicólogo pero suena a problema de autoestima. Es como si Nacho Vidal apareciese en sus películas con preservativos pegados en el pecho. Además de ser un poco asquerosillo, tampoco parece necesario. Ya es suficientemente conocido entre el público del cine de arte y ensayo (¿ensayo por aquí o te va mejor por allá?).

Lo que queda claro es que el Estado español tiene un magacerebro cibernético en algún búnker oculto de los Monegros que aconseja aprovechar esta enorme crisis para reforzar ideas, por si a la peña se le olvida lo de la patria, el Rey y el ejército. Que con eso de estar puteados en casa, no puede ser que ahora la gente se cuestione cosas, hombre ya. Y es que los Estados débiles necesitan enemigos, interiores o exteriores, pero enemigos. Si tienes algo contra lo que luchar, es más fácil conseguir unidad y pensamientos acríticos. Todos a una, es lo que el megacerebro cibernético de los Monegros no se cansa de repetir. Unidad, uno, todos a una, lo paramos unidos… Ya sé que podría traducirse por un “que te calles, hostias ya con la tontería”. Así, nos sacan al militar que habla con lenguaje bélico, vemos sus medallas molonas y cuando las birras van y vienen en nuestras panzas, podemos llegar a pensar que si a los Raticuliniensanos, o como se digan, se les ocurre invadirnos, estaremos en buenas manos. Ordene firmes, sargento. ¡Firmes! ¡Ar!

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