El mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía #LaSexta

Estimada, o no, La Sexta:

Mentimos cuando la mentira nos ayuda a conseguir nuestros objetivos más fácilmente que diciendo la verdad. Lo curioso de todo es que somos tan malos mintiendo, como lo somos en detectar una mentira. Según un estudio del 2006 de Bond & De Paulo, si situamos a un grupo de personas delante de dos individuos, uno que dice la verdad y otro que miente, sólo el 54% sabrá detectar al que miente. Al parecer, se debe a tres causas: nuestras ideas sobre lo que hay que evaluar para detectar una mentira son erróneas, damos demasiada importancia al aspecto de la gente y, cuando hablamos con alguien, lo último que nos pasa por la cabeza es que nos puede estar mintiendo. Eso lo sabe toda persona que ejerce cierto poder sobre otras. La ingenuidad y el tratar con buena gente, son el perfecto caldo de cultivo para el mentiroso.

Lo que sucede en vuestro caso es que habéis caído en el peor error que se puede cometer en un audiovisual y es valorar muy poco el poder de la imagen. La imagen se descodifica mucho más rápidamente por el cerebro que el texto hablado. Lo saben los guionistas de cine o de series de televisión. Son perfectamemte conscientes de que se deben evitar las escenas habladas en las que la principal fuente de información sea el diálogo. Para que el espectador sepa que un personaje es cruel, lo debemos ver en acción, debemos ver su crueldad. Eso es mucho más efectivo, más cinematográfico, que presentar al personaje a través del diálogo de dos personajes que hablan de su crueldad. Si el mensaje que percibe el espectador quitando el sonido del televisor es radicalmente diferente al que le proporciona la periodista, ¿créeis que el espectador se creerá lo que le explica vuestra redactora o hará más caso a lo que ven sus ojos? En resumen, mentís mucho y mentís mal. Y eso me lleva a varias conclusiones:

  1. La principal labor de un periodista es convertirse en mediador entre la realidad y el espectador. Es evidente que no existe la objetividad al 100% pero también es evidente que esta chica no debería hacer una sola crónica hasta que sepa defender la dignidad de una profesión (y con ella, también debería dimitir la dirección del programa). Ojalá este vídeo se vea en todas las facultades de periodismo como ejemplo de mala praxis.
  2. La mala praxis está penada en muchas profesiones. En el periodismo, no siempre. Las calumnias personales, sí. Las calumnias colectivas son difíciles de perseguir. Aquí se está calumniando a los barceloneses (a no ser que se hayan vuelto invisibles, claro). Se pretende demonizar a unos ciudadanos al por mayor. Ya hace años que esta práctica está muy extendida en una de las profesiones más bonitas pero también más maltratadas por el establishment español.
  3. El periodismo constituye uno de los pilares de cualquier democracia. El periodismo debe ser independiente; debe ser una garantía para el ciudadano; debe entretener, sí; debe informar, por supuesto; pero también debe formar. La formación en la cultura democrática no sólo es saber qué es el Congreso, el Senado, las administraciones autonómicas y locales e ir a votar cada cierto tiempo. La cultura democrática es algo mucho más profundo. Es respetar, es construir colectivamente, es poder tener la certeza de qué es cierto y de qué es falso y es poder distinguir lo que es la opinión, de lo que es la realidad, pura y dura.

La playa está inusualmente vacía para esta época del año. No se baña nadie. No hay sombrillas. Eso es lo que vemos. Estamos confinados. Lo que pasa es que la mentira emborracha, es un licor de alta graduación que te proporciona una resaca en eterna “transición”. La mentira, además, es adictiva. Cuando una mentira te funciona, sueltas otra. El circuito de placer comienza a funcionar. Te da el subidón de adrenalina. En la redacción la gente se felicita. ¡Ha colado! O quizás ni se grita. Quizás es una mirada, una sonrisita, un gesto. Sale la mentira en antena y alguien experimenta su pertinente eyaculación interior. El placer del mentiroso. La mentira como droga. Un regalo envenenado para el espectador, que ya no sabe en qué o en quién confiar. Y sin confianza en nada o en nadie, no hay ningún proyecto de sociedad sostenible. Creo que es un buen momento para recordar una vieja cita de Baudelaire que aparece en “Sospechosos habituales”: “el mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía”.

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