Problemas de ubicación espacio-temporal

vox

Estimado, o no:

Tienes razón. ¡Cómo es esta ultraderecha! ¿Te imaginas que los franquistas hubiesen borrado del mapa la tricolor republicana y hubiesen impuesto la rojigualda? Ah… ¿que ya lo hicieron? Ups. Ya, ya… ¿pero te imaginas que Franco hubiese hecho un casting entre Borbones para buscarse un sustituto y que después los padres de la Constitución les hubiesen dicho a nuestros padres “lo siento, si queréis democracia os vais a comer con patatas al Borbón porque, si no, la alternativa son esos señores con bigotito y la tensión alta”? Ah, que también lo hicieron. Bueno, pero en cuestión de banderas e himnos, ¿te imaginas que con la Constitución que todos los mayores de 58 años se han dado, se hubiese continuado con la rojigualda y el “Franco, Franco, tiene el culo blanco como himno”? ¿Que también? Pues entonces creo que tú y yo tenemos un cierto problema de ubicación espacio-temporal. Vamos, que los fachas se apropiaron de los símbolos bastantes años antes de que tú y yo empezásemos a dar vueltas al sol en este planeta en el que viven hombres con tendencia a quedarse calvos y mujeres que, en el peor de los casos, son Cayetana Álvarez de Toledo, aunque nacida en Madrid y con origen emocional en Mordor.

España tiene un problema de símbolos (uno de tantos problemas). Sospecho que muchas personas se sienten incómodas con esos símbolos. Yo, por ejemplo. Prefiero ver a Kiko Rivera depilándose los pezones que una bandera española o escuchar una lavadora centrifugando piedras que encontrarme ante la presencia acústica del himno. Y no me refiero al hecho de que emocionarse con un himno que sólo tiene versión karaoke resulte complicado. Me refiero al hecho de que, ciertamente, la ultraderecha se ha apoderado de esos símbolos en favor de una idea, de un modelo de país, de un modelo de pensamiento. Pero no sólo la ultraderecha. La supuesta izquierda del PSOE también ha ido detrás de esos símbolos pero esto es como cuando llegas tarde a la piscina del hotel y todas las tumbonas están ocupadas. Es evidente que no se trata de poner la toalla encima de un tipo que te mira raro. Especialmente si este señor tiene un bigotito sospechoso, un bañador con la rojigualda, se le hinchan las venas del cuello ante la presencia de un magrebí y su saliva genera manchas de óxido en la ropa.

En demasiadas ocasiones tengo la sensación de que cuando se ondea la bandera española, se hace como queriendo expresar un “jódete, ésta es tu bandera”. Y así resulta muy complicado sentirse partícipe emocional de ese símbolo. De hecho, cuando expulsas la lengua materna de tantas personas de espacios políticos como el Congreso, cuando niegas su historia y minimizas la violencia contra la población civil asediada de 1714, cuando hasta pretendes cuestionar Sant Jordi, el pa amb tomàquet y el origen de su bandera, es muy lógico que los símbolos se perciban como impuestos.

Ni la ultraderecha ha sido la única en apropiarse de símbolos, ni sólo ha sido una apropiación, ni mucho menos ha sido en 2020. Quizás algún día, que puede ser ahora, o dentro de muchos años, alguien se dé cuenta de que cuando hablamos de emociones, éstas se gestionan, pero no se imponen. Y cuando los símbolos representan identidades, es imposible que funcionen como símbolos, si expulsan de ese espacio simbólico a otras identidades.

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