El fascismo no murió en la cama, sólo se tomó un respiro

katy

Hubo un tiempo en el que muchos españoles lucharon por una utopía. Ya lo sé, ese tiempo queda muy lejos. Las flores de la tumba de Collioure ya están marchitas. Quien dijo “yo he visto lluvias grises correr hacia las olas levantando sus tiernos brazos acribillados, para no ser cazadas por la piedra tendida que desata sus miembros sin empapar la sangre” sigue bajo la hierba de una fosa. Berlanga ya no rueda películas de Quijotes soñadores que esperan al americano. Gila se perdió en el recuerdo de una telefonía que ahora conecta con todo lo imaginable, también con soledades compartidas. Y aunque podemos ver en internet las fotos de Capa, con la luz de su amor por Gerda Taro y la libertad, uno tiene la impresión de que la amnesia es todo un deporte nacional. Hemingway ya no bebe vino tinto en compañía de republicanos, ni cruza el Ebro para anunciar el desastre. El fascismo no murió en la cama, sólo se tomó un respiro.

Hubo un tiempo en el que el narcisismo de unos tuvo enfrente los sueños de otros. Y así, en perpetuo equilibrio, se movía la España de las cicatrices y la sangre derramada. Los que ganaron siguieron ganando. Y la venganza calmó la sed de los que nunca creyeron en el país. Los otros buscaron una salida en los pequeños momentos. Las llaves de un 600, el picnic de los domingos al borde de la carretera, la radio del abuelo gritando goles y los besos a escondidas en un guateque. Vinieron adoquines en vuelos rasantes, carreras ante el monstruo gris, el color y lo que llamaron democracia. Y crecimos mirando baldosas, con la cabeza agachada y la genuflexión como acto de servicio.

Hubo un tiempo en el que alguien olvidó ser mayor y quiso ser niño eterno. Y ya no hay gritos en las calles, ni escándalos en las pantallas porque el umbral del dolor toca el cielo. Ya nadie señala la luna aunque muchos miren dedos de manera inercial. Contamos amigos en Facebook, admiramos a ídolos de barro en medio de lluvias torrenciales, nos miramos en el espejo sin ganas de hablar con quien quisimos ser y almacenamos la bilis, la mala hostia y nuestros fracasos en 280 caracteres para que el mundo sepa que seguimos estando desorientados.

Ya no me gustas. Te veo y no te reconozco. Llenas tu vida de banderas por no poder llenarla de sueños. Confundes el orgullo de un origen con absurdas credenciales de posesión. Te inventas paraísos artificiales en platós de televisión. Impones, te vengas, golpeas al futuro con leyes obsoletas, conviertes multitudes en masas inhumanas, te olvidas del lugar que ocupas, no sabes dónde ir, ni de dónde regresar.

La memoria. Los recuerdos. Hubo un tiempo que ya no está. El silencio. El maldito silencio. Lo dijo el poeta:

Oye, hijo mío, el silencio.

Es un silencio ondulado,

un silencio,

donde resbalan valles y ecos

y que inclina las frentes

hacia el suelo.

nou final

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