Me han lavado el cerebro… o no

valek

Estimado, o no, ser superior omnisciente:

Soy uno a los que han lavado el cerebro. Lo tengo limpio, limpio. Nunca subestimes el poder del Fairy. Ups, he nombrado una marca comercial. Bueno, ya sabes… el líquido verde que tanto te sirve para lavar mentes, como para montar una rebelión sediciosa que socave los cimientos de un Estado poderoso más antiguo que la propia Humanidad y que se perderá en el tiempo, como lágrimas en la lluvia, más allá de las naves de Orión, la Puerta de Tannhäuser y el “Saber y ganar” de Jordi Hurtado.

El caso es que con lo tonto que soy, influenciable y con mi carencia absoluta de pensamiento crítico, no sé por qué cuento con un título universitario firmado por su Majestad majestuosa Don Juan Carlos I de me siento, me he equivocado, no volverá a suceder. No me lo explico. Y no me explico cómo en esos más de dos millones de cerebros lavados indepes y sediciosos hay ingenieros, doctoras, informáticos, abogadas, escritores, artistas y toda una suerte de personas que han tenido éxito profesional, hablan varios idiomas, han viajado y tanto te diseñan un edificio como te operan a corazón abierto. Es raro, raro, raro.

Yo quiero ser igual de inteligente que tú. ¿Qué debo hacer? Quizás si pongo una estanquera en el balcón acaba funcionando como el monolito de 2001 y se crea un espacio de omnisciencia en mi casa que nos vuelve a todos más inteligentes que Álvaro Ojeda. Si es así, bajo ahora mismo al bazar chino y me compro una. Por un par de euros es mejor que tener un ordenador, wi-fi y acceso a Google. Si te envuelves en la bandera de España, alcanzas un nivel superior en el conocimiento universal. Es como si te instalasen un microchip en el cerebro que te proporcionase una visión de la realidad en 360º, incluyendo el mundo al revés de Stranger Things. De repente, ves la resolución a los conflictos con una lucidez sobrehumana: hostias, cárcel, mira tu DNI, la Constitución que nos hemos dado y la culpa es del Fairy. Todo adquiere una dimensión filosófica que ríete de los griegos, Kant y la Ilustración. Tengo entendido, de hecho, que en los libros de filosofía de Bachillerato, en vez de hablar de los presocráticos, se habla ya de los cayetanos, los borjamaris, los froilanes y los tabarnios. Los próximos siglos serán tan fértiles como el siglo de Pericles, cuando se inventó la democracia y Atenas fue la capital de la elocuencia. Ahora, por supuesto, la capital de la elocuencia es el plató de Ana Rosa Quintana y la democracia está siendo juzgada por jueces que tienen que hacer las preguntas que los fiscales no saben hacer, cuando además las respuestas no son las que esperaban. Y, sobre todo, cuando los supuestos huidos de la justicia dan conferencias por Europa y se presentan a las elecciones al Parlamento europeo.

En fin, estimado, o no, ser omnisciente, quizás nos iría a todos mejor si dejásemos de convertir la deshumanización del disidente en un deporte nacional. Si es por dilucidar a quién lavan o no el cerebro, ya te doy la respuesta: a todos. Todos somos el objetivo de demagogos, populistas y mentirosos. Todos. La propaganda flota en el ambiente como la contaminación en los peores días. Las noticias falsas, los globos sonda, las estrategias mediáticas de poderosos grupos de comunicación, los think tanks, la ciberpolítica y los spin doctors inundan todos los espacios y, en medio, nosotros: adultos desorientados que intentamos lograr espacios de libertad en nuestras voluntades para que nadie firme nada por nosotros. Tan simple como complicado.

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